Grupo de participantes en la ruta por el Valle de Kinzigtal en la Selva Negra: de izquierda a derecha, agachados: José María García, Miguel Alonso, Juan y Juan Alberto Espinosa. Primera fila de pie: Ignacio Pérez de Vargas, Luisa Cañizo Francisca del Río, María Ruiz, Isabel López, Lola Criado, Purificación Ruedas, Martine Colombu, Juan de Dios Cabezas, Ana Ortiz, Marisa Salgado, Lucía Álvarez de Sotomayor, Gloria Sanz, María Fernández, Pilar Cañizo y las guías Ini Leytens y Ana Fernández. Segunda fila: Pilar Arangüena, Carmen París, José Antonio Quirós, Consuelo Alonso, Marisa Dávila, Domingo Molina, Francisco Quirós, Isabel Naranjo, Jesús Gómez, Margaret O'Connor, Sean Fornells, Junghans Setjo, Francisco González y Peter Puhr. No sale en la foto Violeta Montequín.
CRÓNICA: PURIFICACIÓN RUEDAS
La primera ruta por la Selva Negra despertaba en todos nosotros la inmensa curiosidad por conocer los paisajes de una zona mítica, por la belleza de sus bosques y de sus paisajes.
La Selva Negra es el mayor territorio forestal continuo de Alemania, dos tercios de sus seis mil kilómetros cuadrados son bosques de abetos, píceas y pinos. Se extiende ciento cincuenta kilómetros de norte a sur y una media de cincuenta kilómetros de oeste a este.
La historia del paisaje cultural de la Selva Negra comenzó hace mucho tiempo, de hecho su nombre en alemán significa literalmente Selva Negra. Los romanos llamaron Silva Negra a la impenetrable y gigantesca selva virgen que cubría los montes cuando colonizaron las planicies del Rin y sus valles.
En el programa, estaba anunciada como una ruta fácil, para “estirar las piernas", sin embargo, antes de la salida, nuestra guía nos informó que se trataba de una ruta de características similares a las previstas para los días siguientes, por tanto, nos anunció que invertiríamos entre seis y siete horas en su recorrido.
Tomamos nuestro primer desayuno en el Hotel Sonne, fantástico en cuanto a la variedad y a la calidad de los productos ofrecidos en el buffet.
El día amaneció soleado, con algunas nubes en el horizonte, la temperatura oscilaba entre quince a vente grados, por tanto, condiciones ideales para disfrutar un buen día de senderismo.
Iniciamos la ruta a las 9:30 horas en el casco antiguo del pueblo Zellam Harmersbach, donde estaba ubicado el Hotel Sonne, en el que estábamos alojados. Una vez superadas las últimas casas, iniciamos una subida suave por el interior del bosque de árboles que superaban los cincuenta metros de altura, lo que nos permitía hacer nuestro recorrido a la sombra del tupido y denso bosque, así, de inmediato, descubrimos el paisaje que nos acompañaría durante nuestra estancia en la Selva Negra.
Los senderos estaban señalizados y conservados en perfectas condiciones, para evitar despistes; en cada cruce, nuestra guía nos reagrupaba antes de reiniciar la marcha.
Nos llamó la atención los prados cultivados, que en esta época del año, estaban teñidos de colores entre verde y amarillo, indicando el grado de maduración de los cereales plantados, pendientes de siega. Los prados formaban piezas geométricas perfectamente delimitadas por los densos bosques que los rodeaban. El contraste entre prados y bosques ponía de manifiesto el equilibrio entre la agricultura y la conservación de la naturaleza, dando la impresión que los prados realzaban aún más la belleza de los densos bosques.
En el recorrido, nos encontramos con un monumento esculpido en piedra, así como una cruz de piedra, en homenaje a los soldados muertos en la guerra mundial.
Pronto descubrimos que junto al sendero existían plantas salvajes con moras, fresas y frambuesas, que ya estaban maduras y, por tanto, en perfectas condiciones para disfrutar de su sabores naturales.
La conservación y mantenimiento del bosque se puede calificar de impecable, en algunos tramos encontramos troncos de árboles cortados y preparados para su transporte.
Las pintorescas granjas rurales diseminadas en los prados realzaban la belleza del paisaje.
A las 13:30 horas llegamos a Fischerbach-Nilhöffe, y tal como habíamos previsto en la salida, en lugar de tomar el preceptivo bocata, nos sentamos en un precioso patio del restaurante rural, para degustar la comida típica del lugar, y por supuesto, probar la cerveza alemana.
Invertimos algo más de tiempo de lo previsto en la comida, así que a las 15:30 horas nos pusimos en marcha de nuevo para regresar por la senda conocida como Hornweg hasta nuestro hotel.
En el último tramo de la ruta, sentimos el efecto del calor y posiblemente de la magnífica comida, que habíamos disfrutado unas horas antes.
Entramos en Zell am Harmersbach, por el lado opuesto al que se encontraba el hotel, así que para terminar tuvimos la oportunidad de visitar el casco antiguo, que se caracteriza por callejuelas y rincones pintorescos. Tuvimos la oportunidad de ver los vestigios de las antiguas fortificaciones de la ciudad, la Torre del Ciervo y el campanario, y por último, la Fuente de los Locos, cerca del hotel.
Creo que todos disfrutamos de un espléndido día de senderismo y que la ruta respondió a las expectativas que se había despertado en todos nosotros, cuando decidimos organizar el viaje a la Selva Negra.
DATOS TÉCNICOS
Distancia: 15.7 kilómetros.
Altitud de Nillhof: 656 metros.
Desnivel de subida: 406 metros.
Desnivel acumulado: 434 metros.
Duración: 7 horas incluyendo paradas.
Nivel: bajo
Tipo de ruta: Circular desde el Hotel Sonne y regreso al hotel.
Comida en: Nillhöfe.
GALERÍA FOTOGRÁFICA
SÁBADO DÍA 5 DE JULIO
Visita a Friburgo, capital de la Selva Negra
Parte del grupo de participantes en la visita a Friburgo: de izquierda a derecha, Pilar Cañizo, Francisca del Río, Marisa Dávila, Jesús González, Isabel Naranjo, Ana Ortiz, José Antonio Quirós, Martine Colombu, Violeta Montequín, Francisco Quirós, la guía Ana Fernández, Margaret O'Connor, Loka Criado, la guía Ini Leytens, Sean Fornells, detrás en un grupito; Varmen París, Consuelo Alonso y Domingo Molina. En el grupo de la derecha: María Ruiz, Lucía Álvarez de Sotomayor, Ignacio Pérez de Vargas, Francisco González y Purificación Ruedas.
CRÓNICA: ISABEL NARANJO y JESÚS GONZÁLEZ
Este día salimos del hotel Sonne de Zell (9:30 h) en el autobús con dirección a Friburgo, ciudad en la que discurriría una jornada de turismo, dedicada a conocer la capital de la Selva Negra, interesante ciudad que fue destruida en la Segunda Guerra Mundial y supo renacer de sus cenizas.
La noche anterior vino nuestra compañera Ilse Bullerdiek, que pasa los veranos con su marido en el norte de su país y que tenía proyectado pasar con nosotros estos días, no pudiéndolo hacer debido a la grave enfermedad que padece su esposo Klaus. No nos pudo acompañar en el autobús debido a dificultades burocráticas, ya que no pudo concretar con la agencia el día de su incorporación. Una pena y cierta tristeza que apreciamos algunos en el rostro de nuestra compañera.
Al llegar a la ciudad, paramos (11:00 h) en un aparcamiento de la plaza Karlsplatz, en el centro de la ciudad, donde quedó aparcado el autobús. Posteriormente nos dirigimos andando hacia el Ayuntamiento, donde se encontraba la oficina de turismo, para que nuestra guía, Ana, recogiera varios folletos y mapas de la ciudad y los repartiera entre nosotros con el fin de que hicieramos la visita. Así mismo, nos dio una serie de instrucciones y consejos con el fin de que pudiéramos tener motivo suficiente para disfrutar de un día realmente inolvidable, como así fue.
Friburgo se ubica en el suroeste del país, al este del río Rin, siendo la cuarta ciudad más meridional de Alemania y la más grande de Baden-Wurtemberg, uno de los dieciséis estados federados de la república, llamados Bundesländer, en plural Länder. Por número de habitantes, se encuentra tras Stuttgart, Mannheim y Karlsruhe, con alrededor de 220.000 habitantes. El casco antiguo junto a la catedral con los famosos Bächle (pequeños canales de agua que atraviesan la ciudad) eran motivo suficiente para nuestra visita.
La ciudad se considera una puerta de entrada a la Selva Negra (Schwarzwald, en alemán) y se la conoce por su clima templado y soleado. Destaca por su carácter universitario y es considerada como capital de la ecología en este país.
Antes de distribuimos en grupos, comenzamos la visita dirigidos por Ana: en primer lugar, la iglesia-convento de los padres franciscanos, que data del año 1300; la fachada de la casa donde vivió Erasmode Rotterdam, con su espléndido voladizo de estilo gótico tardío; la plaza de la catedral, centro neurálgico de la ciudad y la visita a la imponente Catedral de Friburgo de Brisgovia.
Daba la casualidad que este día había un concierto de órgano en la catedral (entrada gratuita) a cargo de Daniela Timokhine (profesora de órgano en el conservatorio de la Universidad de Zurich). Interpretó 4 piezas de: César Frank, Johan S. Bach, Theodoré Salomé y Charles Marie-Widor. Como no podía ser de otra forma, muchos de nosotros decidimos quedarnos en la catedral a escuchar un magnífico concierto, hasta que finalizaron las cuatro piezas.
Tuvimos la oportunidad de subir a la torre de la catedral y disfrutar, desde el campanario, de la vista de la ciudad y recorrer la plaza para contemplar su exterior, con sus características pérgolas, algunas irreverentes (un culo y dos monos haciendo “monadas”) y los singulares edificios del Almacén Histórico y el Palacio Arzobispal.
En los alrededores y en la plaza de la catedral, había instalado un colorido mercado ambulante donde los artesanos y agricultores vendían sus productos. Una bella estampa en color, animación y alegría, donde pudimos degustar las típicas salchichas y cervezas alemanas, fantástico y genuino manjar. Ya en este lugar, se dividió el grupo, decidiendo unos recorrer las calles y visitar las tiendas y otros subir en el funicular.
El funicular ascendía la montaña colindante a la ciudad (donde en su día estuvo la fortaleza y de la que quedan restos de la muralla) y terminaba en un restaurante-parador existente a media ladera. Desde allí se subía a pié hasta la cumbre (un desnivel de 150 metros), mediante un agradable sendero zigzagueante, rodeado de una preciosa vegetación en un bosque de arces, robles y hayas. En la cumbre había una torre metálica forrada de madera con una escalera de caracol de 175 escalones que llevaba hasta el punto más alto (no recomendado a personas con vértigo), desde el que se contemplaba una extraordinaria panorámica de la ciudad y los montes y valles circundantes. El descenso se realizaba por la ladera opuesta disfrutando de las vistas de la ciudad.
La comida la hicimos en restaurantes típicos de la ciudad, salvo los que subieron en el funicular, que comieron en un tenderete típico alemán a media altura de la montaña.
El recorrido por las calles de la ciudad tuvo el aliciente de contemplar los lugares típicos: la calle principal (Kaiser Joseph Strasse) llena de comercios, gran ambiente de compras y los famosos arriates (pequeños canales poco profundos que discurren a lo largo de las calles y por donde circula agua a cielo abierto); la Puerta Martin (Martin Stor), con su típico reloj en la fachada; el Barrio de los Caracoles; la Puerta de los Suabos y el Barrio de la Universidad, donde Ana nos aconsejó que era el sitio ideal para comer.
Finalmente se acercaba la hora de cita, para regresar, (18:30 h) en la plaza Karlsplatz, donde nos esperaba el autobús para volver a Zell. Durante el trayecto y por indicación de Ana, pudimos observar una característica raza vacuna mezcla de vaca y búfalo que se cría en la zona y que pastaban en un verde campo.
A Zell llegamos con tiempo de asearnos y cenar, para posteriormente salir a la noche a ver el partido del mundial de fútbol entre las selecciones de Holanda y Costa Rica en una plaza cercana al hotel donde habían dispuesto una gran pantalla y mesas de madera con bancos, donde se podía beber, por supuesto la cerveza, entre otras bebidas mientras se veía el partido. Finalizado este, regresamos al hotel para dormir y descansar, ya que al día siguiente teníamos una jornada interesante, un recorrido desde Löcherbergwasen, al que fuímos en autobús, para luego seguir andando hasta finalizar en Zell am Hamersbach, localidad donde teníamos el hotel de residencia.